¿Cuántas veces has entrado a un restaurante solo por lo bien que huele?

Cuando sentimos la necesidad de comer, en el cerebro ya se han detonado toda una serie de mecanismos diseñados para impulsarnos a cumplir una de las funciones más básicas e imprescindibles de nuestro organismo.

A través de 100 millones de células, el estómago indica a nuestro cerebro la falta de alimento y surge la necesidad de comer.

Esto suena como si el estómago contara con un cerebro propio, ¿no crees? No solo activa en nuestra mente una necesidad, sino que obliga a nuestros sentidos a reaccionar para hacernos satisfacerla. Los aromas se intensifican, las papilas gustativas se dilatan y la boca se humedece. Nuestra atención se centra en comer y, de no hacerlo, nuestras emociones pueden ser de ansiedad e irritabilidad.

¿Cómo hace un restaurante para atraernos a calmar todas esas emociones? La respuesta está en el neuromarketing.

Al existir una necesidad, nuestro cerebro comienza a buscar estímulos para moderar la ansiedad que produce el hambre en el organismo. Así, los restaurantes atraen a los comensales a consumir lo que se encuentra dentro de sus menús, utilizando como herramientas esas sensaciones y nuestros sentidos.

¿Te ha pasado que caminas por la calle y llega a tu nariz el delicioso aroma de un corte de carne a al carbón? Ese simple estímulo te lleva a que entres al restaurante y consultes el menú, buscando saciar el antojo que se despertó en tu mente.

El sentido del olfato cumplió el cometido del restaurante, pero no termina ahí.

Mientras hojeas el menú, ves un aperitivo que hace que tus pupilas se dilaten y tu vista se agudice. Y, de pronto, tus ojos se detienen en una sopa a la que, simplemente, no te puedes resistir, alzas la mano y le indicas tu elección al mesero. En ese momento tu cerebro ya activó algunos sentidos para hacerte tomar una decisión, pero el viaje solo va a la mitad.

¿Hace frío? Sentirás necesidad de alimentos calientes, con grandes contenidos de carbohidratos. ¿Calor? preferirás entonces algo más fresco que nivele tu temperatura corporal. Los restaurantes toman en cuenta esto, pues la temperatura ambiental es un factor clave para el éxito del neuromarketing.

Una vez que el olfato, la vista y el tacto han hecho la primera parte, nuestro sentido del gusto hace lo posible por detener los impulsos del estómago por saciarse.

Al probar tus platillos sientes cómo se van calmando paulatinamente la irritabilidad y ansiedad. Y, cuando llega el momento de tu segundo tiempo, escuchas el sonido del corte asándose sobre la parrilla y tu cerebro libera una mezcla de químicos responsables de hacerte sentir placer, entre ellos la dopamina.

Durante todo este proceso, las neuronas realizaron la sinapsis necesaria para calmar tus sensaciones negativas detonadas por el hambre y para sustituirlas por sensaciones placenteras. Mientras tanto, tu sentido auditivo se encarga de que el cerebro entre a la segunda fase alimentaria. Al escuchar el siseo de la carne en el asador, se activan nuevamente los demás sentidos y para cuando llega el momento del postre, los colores, las texturas y los aromas de un helado, un pastel o un flan estimulan tu antojo de azúcar.

Es así como los restaurantes hacen su magia, valiéndose de todos estos factores sensoriales para atraer nuestra atención y llevarnos siempre al platillo más exquisito del menú.

Aunque parece que todo termina ahí, si has quedado satisfecho con la experiencia sensorial  que te ofreció el restaurante, terminarás recomendándolo y cerrando el ciclo de neuromarketing que actuó todo este tiempo en una parte subconsciente del cerebro, haciendo irresistibles los alimentos y placentera tu estancia.

Coméntanos, ¿por qué comiste en el último restaurante que visitaste?

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *